Por: Rusly Cachina
Joana es la voz de una resistencia necesaria. La historia de Joana, desmantela la gordofobia médica, el racismo institucional y el clasismo que impera dentro del propio colectivo LGTBIQ+.
Joana tiene 46 años, es hondureña, vive en Barcelona y es la creadora del videoblog Diario de una gordita trans migrante. Su existencia es un triple desafío al sistema. En esta entrevista profunda, Joana desmantela la gordofobia médica, denuncia el racismo y la exclusión que existe dentro del propio colectivo LGTBIQ+ español, y nos da una lección magistral sobre salud mental, soberanía corporal y supervivencia. Prepárense, porque Joana no ha venido a pedir permiso; ha venido a desmontar el tablero.
I. La realidad de Joana frente a la gordofobia y la violencia callejera
— Cuando caminas por la calle, ¿qué prejuicio percibes que se activa más rápido en los demás: el tamaño de tu cuerpo, tu identidad trans o tu origen migrante?
El tamaño de mi cuerpo es, sin duda, lo primero que la gente percibe y ante lo que reacciona discriminando. Vivimos en una sociedad con una aberración seria hacia los cuerpos que no son normativos. Al ser una mujer tan alta y tan gorda, la gente siente incluso miedo de acercarse. Sienten que nuestra existencia es una ofensa hacia su «normalidad».
Existe la noción errónea de que las personas con sobrepeso somos dejadas, vagas, que pasamos el día tragando y que no hacemos ejercicio. Nos han vendido un estándar de belleza inalcanzable que obliga a las mujeres a vivir a dieta constante y a los chicos a matarse en el gimnasio seis u ocho horas al día. Yo me cuido, soy saludable, pero mi cuerpo no quema la grasa igual que otros seres humanos. ¿Por qué tengo que ser crucificada por ello?
Camino por la calle y la gente se ríe o me grita «¡ballena!» o «¡hipopótamo!» en voz alta, como si tuvieran el derecho de deshumanizarme. Lo que no saben es que no me voy a meter en un hoyo de depresión por sus comentarios. Lo que me sorprende es su falta de humanidad. Y cuando a esa corporalidad le sumas que eres una mujer trans y que eres extranjera, la situación se agrava. Hay un prejuicio trágico: la gente te habla como si por ser gorda fueras tonta, como si tuvieras una discapacidad intelectual. La obesidad es una condición humana, una diferenciación, no una falta de inteligencia.
"La gente, cuando tenemos sobrepeso, nos habla como si fuéramos tontas o no tuviéramos estudios. Te juzgan por tu cuerpo antes de conocerte y se predisponen a menospreciarte".
II. Violencia de bata blanca: El muro de la gordofobia médica y la xenofobia
— En tus redes has denunciado situaciones muy duras en el sistema público. ¿Cómo opera la gordofobia cuando vas al médico en un país donde, además, eres migrante?
El sistema de salud está profundamente prejuiciado. Me he topado con enfermeras que se han negado a atenderme con la excusa de mi peso. Una vez, una chica no me encontraba la vena y me soltó con desprecio: «Ay, no, es que usted es muy gorda, no le encuentro nada». Yo soy muy blanquita de piel y mis venas se ven perfectamente. Le dije: «No la encuentra porque no la quiere encontrar; usted tiene un problema con mi peso. Llame a una compañera». Vino otra enfermera y a la primera me sacó sangre. Era gordofobia pura disfrazada de dificultad médica.
Luego pasas con el médico, mira tus analíticas —donde tú estás perfecta y quizás él tiene el colesterol más alto que tú— y te dice que tienes que adelgazar porque si tienes una emergencia «va a ser muy complicado ayudarte porque no tenemos materiales para levantarla». Te amenazan con tu propio futuro. Yo tengo 46 años y estoy sana como una roca, pero te insisten en que adelgaces porque, en el fondo, lo que te están diciendo es: «Adelgace porque no queremos lidiar con usted si enferma, nos pesa moverla».
Y cuando ven que eres de Honduras, entra la xenofobia. Un médico llegó a preguntarme: «¿Y en su país qué comen? Porque imagínese cómo viene de gorda de allá». Otra enfermera me soltó en voz alta: «Me imagino que se vino a este país para hacerse la operación del bypass gástrico gratis, ¿verdad?». Te dicen cosas hirientes en la cara asumiendo que vas a agachar la cabeza. Si vas a la policía a denunciar estas agresiones verbales, se ríen de ti. No consideran que la gordofobia sea un crimen de odio, cuando en realidad es un terrorismo diario contra la salud mental de quienes habitamos cuerpos no normativos.
III. El peaje estético y la exclusión de Joana dentro del colectivo
"Dentro de mi propia comunidad trans me preguntan: 'Joana, ¿cuándo te vas a hacer una mujer guapa?'. Y yo les respondo: 'Yo ya soy una mujer guapa, lo único es que soy una mujer gorda'".
— ¿Sientes que existe una presión extra dentro de la propia comunidad trans para cumplir con un estándar estético «blanco y fit» para ser aceptada como mujer?
Absolutamente. El patriarcado es cruel: a las mujeres trans que son muy guapas y operadas se les abren los espacios políticos, el cine y las oportunidades. Existe una presión brutal dentro de la comunidad por encajar en la estética. Mis propias compañeras me han dicho: «Joana, ¿y cuándo te vas a hacer una mujer guapa?». Yo las quedo viendo y les digo: «Yo ya soy una mujer guapa, lo único es que soy una mujer gorda». Hay que reivindicar que existen perfiles diferentes de mujeres trans y que nuestra belleza va más allá de la exigencia del morbo social. La transición debe ser bajo tus propios estándares, no bajo la presión de la sociedad.
— ¿Has encontrado redes de apoyo que entiendan esta triple intersección (trans, gorda, migrante)?
No, no existen. La gordofobia se sigue tratando como un problema estrictamente personal, no político. Y si buscas grupos de apoyo para mujeres trans, están completamente fragmentados. En Barcelona conozco colectivos de mujeres trans españolas donde no invitan a ninguna latinoamericana. Hay un grado de separación y de clasismo brutal.
Muchas chicas trans de España han tenido la suerte de contar con ayudas desde jóvenes o familias que las aceptaron. Nosotras, las latinoamericanas, venimos de familias que nos marginaron y nos echaron de casa; llegamos aquí en modo supervivencia, trabajando sin descanso para pagar un techo y una alimentación mínima. Las compañeras españolas nos ven y sienten que no tienen nada en común con nosotras. Más que xenofobia directa, es un intento de mantener su privilegio europeo. Sienten que los derechos tienen que ser primero para ellas, las de casa, y luego para las que venimos de fuera.
IV. Reflexión de la redactora: Descolonizar la belleza y el activismo
Escuchar a Joana es entender que el activismo LGTBIQ+ en España sufre de una preocupante ceguera periférica. Hemos construido un relato de la diversidad que solo es válido si eres «blanco, joven y fit». Exigimos a las personas trans que realicen transiciones ejemplares y estéticas para otorgarles el carné de la aceptación, mientras miramos hacia otro lado cuando nuestras hermanas migrantes denuncian que los colectivos locales les cierran la puerta por racismo institucional y clasismo.
La belleza, como bien dice Joana, ha sido colonizada por estándares corporales y sanitarios que patologizan la diversidad. Desde los 8 años, Joana fue sometida a dietas extremas por sus padres; de adulta, intentando encajar en las exigencias del sistema, llegó a enfermar de anemia al volverse vegetariana por desesperación. Su salud actual no depende de una báscula, depende de su soberanía mental.
Es hora de que las instituciones sanitarias y los propios colectivos LGTBIQ+ tomen un curso urgente de empatía, como reclama Joana. Dejemos de exigirle a las mujeres trans migrantes que paguen un peaje de belleza o que fragmenten su identidad para poder ser escuchadas. La normalidad es una mentira diseñada por quienes ostentan el privilegio. Y Joana, gigante, gorda y libre, es la prueba de que la resistencia no cabe en sus moldes.